Article publié dans La Primera, 7 juin 2010
BAGUA Y SU SIGIFICACIÓN POLÍTICA EN EL PRESENTE Y EL FUTURO
Por Róger Rumrrill
El sábado 5 de junio una multitud enfervorizada de aproximadamente 3 mil personas resistía a pie firme un sol abrasador en la llamada “Curva del diablo”, en Bagua, coreando consignas como “la selva no se vende, la selva se defiende” y otras contra la política de transnacionalización y neolatifundización de la Amazonía del gobierno del presidente García y saludando la presencia en el estrado de Alberto Pizango Chota, el presidente de AIDESEP.
En la gran concentración, observé, había gentes de todo el Perú. Pero también extranjeros, principalmente estadounidenses y europeos. Mirando y escuchando a esa multitud gritando su adhesión a la causa indígena, me he preguntado por qué la tragedia de Bagua, la resistencia indígena en defensa de la Amazonía convoca compromisos y solidaridades no sólo en el Perú, sino en todo el planeta. La conmemoración del 5 de junio, aniversario de la tragedia de Bagua, en ciudades del Perú y del mundo es un ejemplo de ello.
A excepción del presidente García, para quién Bagua sólo significa “una masacre de policías”, que no es sino una forma simplista y reduccionista de pretender exculparse de su responsabilidad política y de sacudirse del fantasma de Bagua que lo perseguirá para siempre y de un anodino ministro de Agricultura, Adolfo de Córdova Vélez, que ha publicado un autocomplaciente comunicado titulado “A un año de Bagua: el gobierno cumple con el país”, para muchísima gente Bagua tiene una gran significación política, social y cultural.
Para miles y quizás millones de peruanos apoyar las luchas indígenas y conmemorar la tragedia de Bagua es expresar su protesta, su oposición y su cólera al gobierno de Alan García, por su entreguismo al gran capital multinacional, por la corrupción metastásica que corroe al régimen. En la lucha indígena, los peruanos identifican a la oposición y a la resistencia que los partidos políticos han sido incapaces de construir contra el gobierno alanista, vientre de alquiler de la derecha económica y política y del gran capital.
La crisis del neoliberalismo que es una crisis civilizatoria, sacude a la sociedad planetaria. En Europa los partidos políticos, especialmente los partidos socialistas de España y Francia, no tienen las respuestas a esa hecatombe. Entonces, grupos de intelectuales y partidos todavía minoritarios, como los ecologistas, miran la lucha indígena y su defensa de la naturaleza como una forma de enfrentar al sistema depredador y destructor de la Madre Naturaleza.
Hay por supuesto en esta mirada y en esta valoración algo del romanticismo roussoniano del “buen salvaje”. Pero hay sobre todo el pensamiento político, social, económico y ético que cuestiona el modelo capitalista. Sistema que ha llegado a su límite y que necesita un cambio. Y que las sociedades indígenas con la defensa de la naturaleza y su cultura no sólo encabezan este cambio y transformación, sino que sus cosmovisiones son las bases de nueva utopía social en el siglo XXI.
El presidente García y sus aliados están yendo contra la historia. Las utopías no se matan ni se encarcelan y la utopía indígena contribuirá a construir un nuevo Perú en el siglo XXI.


















